Un viernes por la tarde Juan le dijo a su mamá que iría a Michoacán a pasar una semana con una amiga que había conocido por Internet. No dijo si llegaba a un hotel o a la casa de la mujer, simplemente avisó que iría a Morelia.
Los días pasaron y la familia de Juan no tenía referencia del paradero de su hijo. Intentaron comunicarse con él por teléfono celular pero llamaba y no era respondido. La familia intentó interponer una denuncia, pero las autoridades solamente tomaron los datos del joven e hicieron una papeleta para que la familia la distribuyera donde considerara conveniente. Una foto y la media filiación del joven era la “fórmula para encontrarlo”.
Ante la inactividad de los encargados de investigar, la madre de Juan se trasladó a Morelia. Allá supo que su hijo había llegado a la terminal de autobuses, caminó unos metros detrás de una mujer con la que intercambió palabras a lo lejos, luego una camioneta se le acercó, abrió las puertas y dos sujetos que descendieron de ella subieron al joven a la fuerza. Instantes después la mujer abordó otro vehículo que siguió a la camioneta.
La familia pudo leer los correos electrónicos que Juan intercambió con su conocida de Morelia. Parecía que para ella era muy importante que Juan fuera Ingeniero en Sistemas, experto en el manejo de bases de datos. Las conversaciones giraban entre el amor que le manifestaba la mujer y las actividades que realizaba Juan en su trabajo.
Escucho una voz entrecortada del otro lado de la línea telefónica: -Lo último que supe de él era que había comprado el boleto de avión para regresarse de Michoacán porque lo dejaron plantado, pero ya no llegó-.
Lourdes me contó que su marido, Ricardo, es ingeniero civil y durante dos semanas recibió llamadas de unos supuestos empresarios que intentaban construir un centro comercial en la periferia de Morelia. Le mandaron el proyecto y le había interesado trabajar con ellos.
Por la mañana, muy temprano, llamaron a Ricardo y le dieron el número del ticket electrónico para que éste abordara el siguiente vuelo hacia el estado. El ingeniero arribó al aeropuerto de Michoacán y como era costumbre llamó a su esposa –Lulú, ya aterricé, todo bien-
La siguiente comunicación fue para informar que ya había pasado una hora y que aun no llegaba nadie por él. Luego Ricardo mandó un mensaje: “estos cabrones ya me dejaron plantado, dos horas esperando y nada, media hora más y compro el boleto para hoy mismo regresarme”.
Lourdes sólo ha podido saber que dos sujetos llegaron a la terminal, lo llamaron por su nombre y salieron juntos. Desde ahí es como si se hubiera esfumado.
Los días pasan y las familias de Juan y Ricardo siguen esperando una comunicación. No les han llamado para pedirles un rescate, ni para amedrentarlos; mientras, las autoridades les sugieren “ya no moverle al asunto, porque si los que los tienen se enteran de que los andan buscando, los matan para no meterse en problemas”.
De acuerdo con diversos organismos de la sociedad civil, hasta octubre de 2011 se habían reportado ante las autoridades de 17 estados de México, que dieron la cifra mediante solicitudes de acceso a la información, 40 mil 483 casos de desaparecidos.
De acuerdo con la Comisión Nacional de Derechos Humanos, tan sólo de enero de 2006 al mes de abril de 2011, se tenían contabilizadas 5 mil 397 personas desaparecidas en México.
Se trata de jóvenes, niños o adultos; estudiantes, profesionistas, amas de casa o empleados quienes simplemente desaparecieron.
(Continuará)
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