September 03, 2010 02:05:38
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La Salsa sin prejuicios en el corazón turístico marroquí

Marraquech (Marruecos), (EFE).- Cuatro días de cursos de baile de salón "salsa", exhibiciones, noches de fiesta y reencuentro entre gente de todo el mundo han bastado para demostrar en Marraquech (oeste Marroquí) que ese ritmo es capaz de borrar tantas fronteras como prejuicios se interpongan en su camino.

La segunda edición del Festival Internacional de Salsa de esa ciudad, que se clausura hoy, ha reunido desde el pasado jueves a cerca de 2.000 participantes, desde meros aficionados a figuras consagradas como Francisco Vázquez, coreógrafo de la cantante colombiana Shakira.

Para Nabil Daghar, codirector de esta iniciativa que el año pasado supuso una primicia en el mundo árabe, este festival cuenta a su favor con una baza indiscutible: el atractivo turístico de Marraquech.

"La salsa ha tomado mucha amplitud y se ha convertido en el equivalente al rock en los años 70 y 80. Muchas personas la practican en la actualidad. Y Marraquech es una ciudad que a los extranjeros les gusta. Hemos conjugado esos dos factores para congregar al mayor número de gente posible", dijo a EFE Daghar.

Atraídos por la voluntad de los organizadores de convertir a la llamada "ciudad ocre" en el nuevo destino salsero mundial, han llegado entusiastas desde puntos tan lejanos como Londres, Estados Unidos o Canadá.

Su presencia y la del resto de marroquíes y africanos que no se han perdido la fiesta, conformó en las pistas eclécticas parejas que no entendían de diferencias culturales, ni de barreras idiomáticas.

Para la trabajadora social británica Valerie Richards "lo bueno de la salsa es que puedes ir a cualquier lugar del mundo y lo único que necesitas es que alguien te ofrezca su mano para ponerte a bailar".

Su amiga, la intérprete londinense Brigitte Berkaine, hace 17 años que la practica, pero prefiere no dedicarse a ella de manera profesional, "porque en cuanto lo haces se te va la diversión".

El festival ha estado abierto a gente de todos los niveles, y entre quienes se han acercado a su segunda edición, según uno de sus promotores internacionales Kamal Seballa, hay muchos "que vinieron el año pasado y esta vez han arrastrado con ellos a su grupo".

Para acceder a algunas de las noches de fiesta o de los cursos disponibles, los precios han oscilado entre los 20 y los 160 euros (entre los 29 y los 233 dólares), una cantidad, no obstante, no del todo compatible con las economías locales.

La estudiante marroquí de gestión empresarial Fátima Errakkaz considera ese precio "un poco caro", pese a lo cual no ha dudado en desplazarse desde Agadir, a 270 kilómetros al sur de Marraquech, "porque en Marruecos escasean este tipo de oportunidades".

Según la finlandesa Anniina Houttu, que trabaja desde hace doce meses en la embajada de su país en Rabat, durante el resto del año la falta de bares que se centren en esta disciplina se suple sobre todo con fiestas privadas en las casas de la gente que acude a clases.

"El mundo de la salsa en Marruecos es muy cerrado. Las convocatorias a las fiestas se hacen a través de (la red social) facebook y suelen limitarse a quienes saben bailar de verdad", indica Houttu, que se dejó seducir por ese ritmo durante una temporada en la que estuvo en México.

Por su parte, la alemana Carole Mdeli, llegada a Marraquech exclusivamente para la ocasión, lo descubrió en un bar de Hannover (norte de Alemania) hace cinco años y dedica en la actualidad cerca de diez horas semanales a este baile que, para ella, "permite establecer con los otros una comunicación muy especial".

Pocas diferencias se ven, de hecho, en el ritmo y la actitud de los participantes, entre los cuales no han faltado tampoco aquellos de nacionalidad española.

"De la salsa me gusta absolutamente todo. Te quita las penas", asegura la ceutí (sur de España) África de la Cruz, flanqueada por dos amigas para quienes esta música "te hace conocer a las personas en un ambiente muy sano, porque la gente va solamente a pasarlo bien".

A la espera de tener la valentía de ponerse a bailar, otros como el contable marroquí Lahcen Dahbi, que aprendió los pasos "a través de Internet", prefieren quedarse en un discreto segundo plano y observar los interminables giros del resto desde la barra del bar, fieles a otra intención igualmente respetable, la de estar en esta fiesta "por el placer de mirar".

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